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Museo Nacional de Historia Natural · Washington D. C. · Guía independiente

Audioguía del Museo Nacional de Historia Natural,
cinco paradas, gratis.

Cinco paradas narradas que se escuchan en el navegador, empezando por el elefante. El museo guarda más de 148 millones de ejemplares, y del que tengas delante, sea cual sea, Chiaro te cuenta la historia a partir de una foto.

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Creado por Chiaro. Sin vinculación con el Museo Nacional de Historia Natural.

9:41

Henry, el elefante africano de sabana

Museo Nacional de Historia Natural, Washington D. C.

0:00 3:00
Parada 1 de 5

Las cinco paradas · 16 minutos de audio

Cinco paradas, un recorrido,
en el orden en que las verás.

Esta audioguía del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian arranca bajo la cúpula, con Henry, el elefante de sabana de la Rotunda; sigue por el Sant Ocean Hall, la sala del océano, hasta el calamar gigante, y luego por Deep Time, la sala de los fósiles, hasta el T. rex que aplasta a su Triceratops. Desde ahí sube al piso 2, a la sala de geología, gemas y minerales, para ver la diadema de turquesas que Napoleón regaló a su segunda esposa, y termina en la sala contigua, ante el diamante Hope. Si pulsas play cinco veces, tienes once minutos de narración; contando las escaleras y una pausa en cada vitrina, reserva una hora.

Cada dato de esta página se ha comprobado dos veces: con el material del propio Smithsonian, es decir, las páginas de exposición del museo, las fichas de gemas de su GeoGallery y la revista Smithsonian, y con una fuente externa. Todas las salas que aquí se nombran se confirmaron el 25 de septiembre de 2026. Aun así, los ejemplares se cambian de sitio, se limpian o se llevan al laboratorio, así que la cartela junto a la vitrina tiene la última palabra: si no coincide con esta página, hazle caso a la cartela y avísanos.

Parada 1 de 5 · Rotunda, piso 1

Henry, el elefante africano de sabana

Macho de elefante africano de sabana abatido en Angola en 1955; naturalizado por los taxidermistas del Smithsonian William Brown y Norman Deaton · Abatido en 1955, presentado en 1959 · Piel naturalizada, 13 pies (unos 4 m) de alto, 11 toneladas

Fíjate en

  • La postura. Trompa en alto, orejas abiertas: el taxidermista estudió elefantes vivos y lo montó en pleno paso rápido.
  • Los pliegues de la piel. Acumulan polvo, y en 2015 sus grietas se rellenaron con cera de abeja teñida a mano para igualar el tono.
  • Alrededor de la base de la plataforma: un pequeño diorama de elefantes en una charca y piezas de marfil ilegal decomisadas por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos.
Transcripción (3:00)

Ponte junto a la plataforma y mira hacia arriba. La trompa está levantada, las orejas abiertas todo lo que dan de sí, y el animal entero parece echarse hacia delante en plena zancada. No es casualidad. William Brown, jefe de taxidermistas del Smithsonian en la década de 1950, observó cómo se mueven de verdad los elefantes antes de construir este montaje, y lo colocó a paso rápido, con la trompa alzada y las orejas desplegadas. Pesa once toneladas, mide trece pies de alto, unos cuatro metros, y desde 1959 es lo primero que ve cualquiera que entra en esta Rotunda.

Era un macho de elefante africano de sabana. Un ingeniero nacido en Hungría y aficionado a la caza mayor, Josef Fénykövi, le siguió el rastro y lo abatió el 13 de noviembre de 1955 en la región del río Cuando, en el sudeste de Angola. Fénykövi tomó las medidas del animal y las plasmó en un boceto, y ese boceto, que sigue en los archivos del Smithsonian, fue la base con la que trabajaron los taxidermistas.

Lo que llegó realmente a Washington fue la piel: dos toneladas de piel. Un curtidor la raspó y la tuvo en remojo hasta dejarla lo bastante fina y flexible como para trabajarla, y Brown y su colega Norman Deaton la montaron. El 6 de marzo de 1959 se presentó aquí el elefante terminado, en el lugar de honor, en el centro de la Rotunda, y en aquel momento era el mamífero terrestre más grande expuesto en un museo. A veces lo llaman el elefante Fénykövi, por el hombre que donó la piel, pero casi todo el mundo, el museo incluido, lo llama Henry.

Ahora fíjate en la piel de cerca. Esas arrugas profundas son justo donde se acumula el polvo, con más de cuatro millones de personas al año pasando por delante. En 2015 un equipo lo limpió de la cabeza a la cola, tapó cada grieta con cera de abeja teñida a mano para que no se notara y le dio la plataforma junto a la que estás, con un mostrador de información integrado en un lateral. En enero de 2025 volvió el mismo restaurador, el escultor y taxidermista Paul Rhymer, con un pequeño equipo, durante dos noches. Unos soplaban el polvo del lomo de Henry subidos a escaleras y plataformas elevadoras mientras los otros lo recogían abajo con aspiradoras, y después repasaron cada pliegue con cepillos suaves.

Antes de seguir, da una vuelta a la base. Hay un diorama en miniatura con elefantes de sabana bebiendo en una charca, un árbol genealógico de los elefantes y sus antepasados, y una vitrina de marfil ilegal confiscado por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos. Los propios textos del museo dicen que Henry es el elefante naturalizado más grande del mundo, y tras la última limpieza, el veredicto de Rhymer sobre una piel que lleva casi setenta años expuesta cupo en dos palabras: excelente estado.

Parada 2 de 5 · Sant Ocean Hall, piso 1

Hembra de calamar gigante

Architeuthis dux, una hembra que un pescador sacó en sus redes frente a las costas de España en 2005 · Capturada en 2005, expuesta desde 2008 · Ejemplar conservado, 25 pies (7,6 m) de largo hoy; 36 pies al capturarla

Fíjate en

  • Los dos tentáculos de caza, mucho más largos que los brazos. Cuando la capturaron sumaban 22 de sus 36 pies.
  • Los grupos de ventosas de las puntas de los tentáculos, que el calamar gigante usa tanto con sus presas como con quienes lo cazan.
  • El macho. Llegó de España en el mismo vuelo y es más pequeño, porque las hembras de calamar gigante crecen más que los machos.
Transcripción (3:08)

Casi todo lo que tienes delante son brazos y tentáculos. El cuerpo es el tubo pálido de un extremo, y todo lo demás se estira a partir de él: los brazos y luego los dos tentáculos de caza, mucho más largos, que terminan en racimos de ventosas. Cuando la sacaron del agua medía treinta y seis pies, unos once metros, y veintidós de esos pies eran los dos tentáculos. El líquido conservante la ha encogido desde entonces. Ahora mide unos veinticinco pies, siete metros y medio, y sigue siendo lo que más gente reúne a su alrededor en esta sala.

Está aquí porque en 2005 el museo estaba montando una nueva sala del océano y quería un calamar gigante como pieza central. Por entonces apenas se había visto con vida a un par de estos animales, y casi todo lo que sabían los científicos procedía de trozos encontrados en el estómago de cachalotes o pudriéndose en alguna playa. El ejemplar que ya tenía el Smithsonian era uno de esos: una hembra maltrecha que apareció en la orilla de Plum Island, en Massachusetts, en la década de 1980. El zoólogo Clyde Roper la llevó él mismo en coche hasta Washington, lo paró la policía por el camino y se libró de la multa contándole al agente quién viajaba con él.

Entonces llegó la noticia desde España. Un pescador había encontrado en sus redes una hembra de calamar gigante, y un grupo español de investigación marina aceptó enviarla junto con un macho más pequeño capturado unos días antes. El problema era cruzar el Atlántico. Los dos estaban metidos en cientos de galones de formol, y ninguna aerolínea quería ni oír hablar de ello. Alguien en el museo comentó en broma que a la orca de Liberad a Willy la habían trasladado en un avión de carga, así que por qué no llamar a la Armada. Y alguien llamó. El científico español Ángel Guerra condujo siete horas con la pareja desde Asturias hasta la base naval, llegó el 4 de julio, la fiesta nacional estadounidense, se la encontró cerrada y pasó la noche en el aparcamiento con los calamares. A la mañana siguiente despegaron en un avión de carga de la Fuerza Aérea. La carga viajaba con un apodo, VIS, siglas en inglés de «calamar muy importante».

Unas semanas antes de que la sala abriera en septiembre de 2008, el equipo vació el formol y pasó los dos ejemplares a un conservante nuevo y experimental. Su primer visitante fue el presidente George W. Bush. Según el director del proyecto, la Operación Calamares, como la llamaba el museo, le pareció lo más gracioso que había oído en su vida.

Todos los calamares gigantes de todos los océanos pertenecen a su misma especie, Architeuthis dux. Sus ojos, en vida, eran del tamaño de un plato llano, los más grandes del reino animal, capaces de distinguir a un cachalote que se acerca a casi cuatrocientos pies, unos ciento veinte metros. Y para quien se lo haya preguntado alguna vez, Roper lo ha aclarado: el calamar gigante tiene un sabor insoportablemente amargo.

Parada 3 de 5 · David H. Koch Hall of Fossils – Deep Time, piso 1

El T. rex de la Nación

Tyrannosaurus rex de Montana, descubierto por Kathy Wankel en 1988; cedido por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos · Unos 66 millones de años; montado en 2019 · Esqueleto fósil con piezas en réplica, unos 40 pies de largo y 15 pies de alto

Fíjate en

  • Los brazos. Cortos, pero gruesos donde se anclaban los músculos. Fue el primer esqueleto lo bastante completo para mostrar lo cortos que eran en realidad.
  • Una pata inmovilizando al Triceratops mientras las mandíbulas le arrancan la cabeza del cuello. Ningún museo había montado antes a los dos en pleno combate.
  • El cuerno roto y las costillas fracturadas del Triceratops, añadidos para mostrar la violencia del ataque.
Transcripción (3:04)

Fíjate en el equilibrio. El cuerpo va paralelo al suelo, la cola estirada hacia atrás como contrapeso, una pata plantada sobre el costado de un Triceratops y las mandíbulas arrancándole a la víctima la cabeza del cuello. Mide unos cuarenta pies del hocico a la cola, unos doce metros, y quince pies de alto, y es la pieza en torno a la cual se rehízo toda la sala.

El fin de semana del Día del Trabajo de 1988, la fiesta de principios de septiembre en Estados Unidos, una ganadera llamada Kathy Wankel andaba buscando huesos con su familia cerca del embalse de Fort Peck, en Montana, y vio un fósil asomando de un terreno que el verano había dejado duro como el hormigón. Ella y su marido, Tom, sacaron parte de un omóplato y de un brazo y los llevaron al Museum of the Rockies, en Bozeman, donde el paleontólogo Jack Horner les dijo lo que habían encontrado: un Tyrannosaurus rex. El esqueleto resultó estar completo en un ochenta y cinco por ciento, y guardaba algo que nadie había visto nunca: una extremidad anterior de T. rex entera.

Mira ahora esos brazos. Son famosos por lo cortos, y este fue el primer esqueleto lo bastante completo para demostrar hasta qué punto. Pero los huesos tienen grandes zonas de inserción muscular, así que eran fuertes. Los anillos de crecimiento del interior de los huesos, que se leen como los de un árbol, indican que el animal tenía unos dieciocho años cuando murió.

El terreno donde apareció pertenece al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, por eso el esqueleto es propiedad federal, y en 2013 el Cuerpo se lo prestó al Smithsonian por cincuenta años. El cierre del Gobierno federal de aquel otoño lo dejó retenido en Montana. Llegó por fin en abril de 2014: siete toneladas de fósiles en un viaje por carretera de dos mil millas, unos tres mil doscientos kilómetros, en la caja de un camión de FedEx. Después pasó por Research Casting International, en Ontario, donde a cada hueso le hicieron su propio soporte metálico, que se puede desatornillar para que los científicos todavía puedan bajar un hueso y estudiarlo.

El cráneo auténtico y la mayoría de las costillas son demasiado frágiles para exponerlos, así que algo más de la mitad de lo que ves es hueso original y el resto, una reconstrucción minuciosa. El Triceratops también es una réplica, copia del Triceratops del propio museo, apodado Hatcher, cuya historia en el Smithsonian se remonta a 1905. Los diseñadores le pusieron a la copia un cuerno roto y un par de costillas fracturadas, y el conservador de dinosaurios del museo, Matthew Carrano, quería justo esto: una pose que nadie hubiera hecho antes, con los dos animales en pleno enfrentamiento.

La sala volvió a abrir a su alrededor el 8 de junio de 2019. Y este T. rex dejó una huella más en la ciencia: cuando Mary Schweitzer analizó sus huesos, encontró hemo, una forma de hierro procedente de la sangre, todavía dentro de un esqueleto de sesenta y seis millones de años.

Parada 4 de 5 · Janet Annenberg Hooker Hall of Geology, Gems, and Minerals, piso 2

Diadema de María Luisa

Etienne Nitot et Fils, París · 1810; turquesas engastadas entre 1956 y 1962 · Plata y oro, 1.006 diamantes de talla antigua de mina (700 quilates) y 79 turquesas persas (540 quilates)

Fíjate en

  • Las 79 turquesas azul cielo. Cada una ocupa un engaste que se cortó para una esmeralda.
  • La piedra cuadrada del centro, al frente. Llena el engaste de la mayor esmeralda de la diadema, una piedra de talla cuadrada de unos 12 quilates.
  • El dibujo de volutas, palmetas y medallones, todo trabajo a mano del París de Napoleón.
Transcripción (2:47)

Aquí todo parece hecho para ir junto: las volutas de plata y oro, el destello de más de mil diamantes y esas piedras suaves, azul cielo, engastadas por todo el contorno. Lo azul es precisamente lo que no encaja. Cuando se hizo esta diadema, cada uno de esos setenta y nueve engastes llevaba una esmeralda colombiana.

La hicieron en París en 1810 los joyeros de la corte Etienne Nitot et Fils, para la segunda esposa de Napoleón, María Luisa de Austria. Se casaron ese mismo año, y la diadema formaba parte del regalo de bodas, un aderezo completo de esmeraldas y diamantes: esta diadema, un collar, unos pendientes, una peineta y una hebilla de cinturón. De una novia real en Francia se esperaba que llegara sin nada de su tierra, así que María Luisa necesitaba joyas desde cero. Cuando dejó Francia tras la caída de Napoleón, se llevó el aderezo, porque era de su propiedad, no del Estado.

Se lo legó a una tía suya de los Habsburgo, y pasó de generación en generación en la familia durante un siglo. En 1952 un archiduque de la casa vendió la diadema y la hebilla a los joyeros parisinos Van Cleef & Arpels, que las expusieron en el escaparate de su tienda de Nueva York. Lo que pasó después explica las turquesas. Entre mayo de 1954 y junio de 1956 la firma sacó las esmeraldas y las vendió montadas en joyas sueltas. Un anuncio de prensa de 1955 ofrecía al público una esmeralda de la histórica tiara napoleónica, y el secretario de la empresa contó más tarde que en veinticuatro horas se agotaron.

En algún momento antes de 1962 los engastes vacíos se llenaron de turquesa persa, quinientos cuarenta quilates. Jeffrey Post, que estuvo años a cargo de la colección nacional de gemas, explica por qué la turquesa tenía sentido: es lo bastante dura para admitir el pulido, pero lo bastante blanda para tallarla a la medida de unos huecos pensados para otras piedras. Hasta el nombre es una ruta comercial: viene de la palabra francesa para Turquía, el país por el que pasaba la turquesa persa camino de Europa.

En 1962 la diadema volvió a París para una exposición en el Louvre, reunida con el collar y los pendientes del mismo aderezo. Nueve años después, la heredera de un imperio de cereales para el desayuno, Marjorie Merriweather Post, la compró para el Smithsonian, y desde entonces está en Washington. Las esmeraldas de la diadema acabaron repartidas por los joyeros de la década de 1950, pero dos piezas del regalo de bodas conservaron las suyas. Si has estado en el Louvre, puede que las hayas visto: el collar y los pendientes, todavía verdes.

Parada 5 de 5 · Janet Annenberg Hooker Hall of Geology, Gems, and Minerals, piso 2, Harry Winston Gallery

El diamante Hope

Formado en las profundidades de la Tierra hace unos 1.100 millones de años; extraído en la India y retallado en Europa después de 1792 · Documentado desde 1666; donado al museo en 1958 · Diamante azul de 45,52 quilates, en un engaste de platino rodeado de dieciséis diamantes blancos

Fíjate en

  • El color. Bajo los focos intensos de la sala se ve de un azul profundo y grisáceo, más oscuro y más gris que un zafiro.
  • Los dieciséis diamantes blancos que lo rodean, alternando tallas antiguas de mina y tallas en pera, en el engaste hecho para Evalyn Walsh McLean.
  • El pedestal, que gira despacio dentro de un cilindro de vidrio antibalas de tres pulgadas de grosor.
  • Los Winston Fancy Color Diamonds, ahí al lado, dispuestos como un arcoíris con el Winston Red en el centro.
Transcripción (3:38)

Gira. Quédate quieto un minuto y verás cómo el pedestal hace dar la vuelta al collar dentro de su cilindro de vidrio antibalas, de tres pulgadas de grosor, unos ocho centímetros, de modo que la piedra recoge la luz primero por un lado y luego por el otro. Su azul no es el de un zafiro. Es un azul profundo, grisáceo, rodeado por un anillo de dieciséis diamantes blancos. Pesa 45,52 quilates y es el diamante azul más grande que se conoce.

El color se debe a una pizca de boro dentro del carbono, unas pocas partes por millón como mucho. Y tiene una propiedad que aquí nunca verás: si lo pones bajo luz ultravioleta de onda corta y apagas la lámpara, brilla en rojo, como una brasa, durante un rato. Ese resplandor inquietante bien pudo alimentar las historias que crecieron a su alrededor.

Su historia conocida empieza en la India. Lo más probable es que la piedra saliera de la mina de Kollur, en el antiguo reino de Golconda, y en el siglo diecisiete el mercader de gemas francés Jean-Baptiste Tavernier la compró y la trajo a Europa. En 1668 se la vendió al rey Luis XIV, que la mandó tallar en una gema que los franceses llamaron el Diamante Azul de la Corona, y autores posteriores, el Azul de Francia.

Después desapareció. En septiembre de 1792, con el rey en prisión, unos ladrones entraron en el guardamuebles real de París y pasaron cinco días saqueando las joyas de la Corona francesa. El Azul de Francia nunca se recuperó con ese nombre. En 1812 apareció en Londres un diamante azul de este mismo tamaño y forma, retallado, que más tarde tomó el nombre de uno de sus dueños, el coleccionista Henry Philip Hope. En 2005 el Smithsonian publicó una investigación asistida por ordenador que demostraba que esta piedra se talló, en efecto, a partir del Azul de Francia robado.

¿Y la maldición? En 1888 un periódico ya contaba la leyenda de una piedra arrancada del ojo de un ídolo, y las historias de desgracias para todos sus dueños se multiplicaron a principios del siglo veinte. Casi con seguridad eran inventadas, y ayudaron a vender periódicos y diamantes. En 1911 la compró la heredera estadounidense Evalyn Walsh McLean, y para ella se hizo el engaste de platino con los dieciséis diamantes que estás viendo. Tras su muerte, el joyero neoyorquino Harry Winston compró toda su colección en 1949.

A Winston le gustaba decir que Estados Unidos no tenía rey ni reina, pero que debía tener un tesoro a la altura. El 10 de noviembre de 1958 llegó aquí como regalo suyo, y llegó por correo: una cajita envuelta en papel de estraza, cubierta de sellos y marcada como frágil, enviada desde Nueva York por correo certificado. El envío costó en total 145,29 $, de los que 2,44 $ eran franqueo y el resto, el seguro por un millón de dólares. El envoltorio lo guarda hoy el Museo Postal Nacional del Smithsonian.

Desde 1997 el diamante tiene sala propia junto al resto de la colección nacional de gemas. En 2025 Ronald, el hijo de Winston, donó el rarísimo Winston Red y una colección de cuarenta diamantes de colores fantasía, que ahora están a su lado en la Harry Winston Gallery. El Hope solo ha salido de Washington un puñado de veces, entre ellas al Louvre en 1962 y a Johannesburgo en 1965. El resto del tiempo ha estado en este edificio, desde que un cartero llamado James Todd recogió un paquete de papel de estraza en la oficina central de correos de la ciudad y lo llevó en coche hasta aquí.

Guía independiente · Chiaro

Apunta con Chiaro a lo que quieras del Museo de Historia Natural.

El diamante Hope es solo uno entre más de 148 millones de ejemplares. Hazle una foto a un meteorito, al mamut lanudo, a una momia del piso de arriba o a algún bicho vivo del Insect Zoo, y Chiaro te dice qué es, cómo acabó en Washington y te responde en voz alta a lo que le preguntes mientras sigues pegado al cristal.

¿Está maldito el diamante Hope?¿Es auténtico el cráneo de ese T. rex?¿Adónde fueron a parar las esmeraldas?

Antes de ir

01

Cómo llegar

10th Street y Constitution Avenue NW, Washington, DC 20560, en el lado norte del National Mall. Hay dos entradas: las puertas del Mall, en Madison Drive, y las de Constitution Avenue, en la fachada opuesta del edificio.

La estación de metro más cercana es Federal Triangle, en las líneas azul, naranja y plateada. Un poco más lejos, a pocos minutos a pie, quedan Archives–Navy Memorial (líneas verde y amarilla) y Metro Center (línea roja). El Smithsonian no ofrece aparcamiento público en el Mall.

02

Entradas

  • Ni entrada, ni pase, ni reserva: se entra sin más, y gratis. Eso sí, todo el mundo pasa en la puerta un control con detector de metales, como en un aeropuerto.
  • Ve ligero de equipaje. No hay guardarropa ni taquillas, y dentro no se pueden usar trípodes, monopies ni palos de selfi.
  • Las puertas cierran a las 17:30 en punto y hay que salir, así que visita el diamante Hope antes de la última media hora, no durante.
  • La red wifi gratuita se llama si-visitor y no pide contraseña.
Entradas oficiales →
03

La audioguía oficial

El museo no alquila audioguías. El audio que produce él mismo es la app Deep Time Audio Description, para iPhone y Android: un recorrido autoguiado por la sala de fósiles pensado para personas ciegas o con baja visión, además de varios recorridos con descripción visual de distintas salas en su web. Nuestras cinco paradas tampoco cuestan nada y funcionan en cualquier navegador; para el resto del edificio tienes la app Chiaro.

Sitio oficial →

Preguntas

¿Hay una audioguía gratuita del Museo Nacional de Historia Natural?

Sí: esta misma, la audioguía del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian. Pulsa play en cualquiera de las cinco paradas y suena en el navegador del móvil, con el texto de cada grabación justo debajo, así que no hay que instalar nada. Para todo lo demás que veas en las salas, de un meteorito a una momia, basta una foto en la app Chiaro para escuchar su historia.

¿Cuánto cuesta la audioguía oficial del Museo Nacional de Historia Natural?

No hay ninguna audioguía de pago que comprar. El museo no alquila aparatos; su propio audio es la app Deep Time Audio Description para la sala de fósiles, creada para visitantes ciegos o con baja visión, y unos recorridos con descripción visual en su web. La entrada al museo también es gratuita.

¿Dónde está el diamante Hope en el Museo Nacional de Historia Natural?

En el piso 2, en la Harry Winston Gallery del Janet Annenberg Hooker Hall of Geology, Gems, and Minerals. Tiene una sala para él solo junto a la exposición principal de la Colección Nacional de Gemas, y los ascensores del piso 1 llevan hasta allí.

¿Cierra algún día el Museo Nacional de Historia Natural?

Solo el 25 de diciembre. El resto del año, festivos y fines de semana incluidos, abre a las 10 de la mañana y cierra a las 5:30 de la tarde, hora a la que todos los visitantes tienen que haber salido.

¿Hace falta entrada para el Museo de Historia Natural?

No. La entrada es libre y el museo no pide pases ni tickets. En la puerta hay un control de seguridad con detector de metales, y como no hay guardarropa, lo mejor es llevar lo mínimo.

¿Es auténtico el esqueleto del T. rex?

Algo más de la mitad. Los fósiles aparecieron en Montana en 1988 y están cedidos por cincuenta años por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, pero el cráneo y la mayoría de las costillas son demasiado frágiles para exponerlos, así que esas partes son reconstrucciones. El Triceratops que tiene bajo la pata es una réplica.

Más audioguías

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